una necesidad de tener una fuente que pudiera ser reconocida por los equipos y por las personas, aunque bien es cierto que estaba casi más pensada para ser reconocidas por las máquinas que para el ojo humano.
A finales de la década de los sesenta, en 1966, se presentó la fuente OCR-A (Optical Character Reading), desarrollado por la European Computer Association Manufacturers Association (ECMA) y en el 68 se lanzó el OCR-B, en el que asesoró Adrian Frutiger. La fuente OCR-A, con trazos simples y un espesor que permitía un fácil reconocimiento de los caracteres parecía una buena solución.


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